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A todo el mundo le gusta el chocolate | Melody

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A todo el mundo le gusta el chocolate | Melody

Mensaje por Liam R. Doyle el Vie Ago 24, 2012 4:45 pm

Cuando se decidió por estudiar medicina tuvo que tomar completa conciencia de que le tocarían días como aquel en el hospital. No era que le hubiera importando en el momento y tampoco le importaba ahora, pero reconocía que luego de tantas horas de trabajo ininterrumpido el cuerpo lo comenzaba a sentir. Llevaba alrededor de siete horas en el hospital y aún le quedaban unas diez más de guardia. Su animosidad seguía intacta gracias a una ridícula cantidad de cafeína y cigarrillos, pero a falta de una buena comida de algo debía vivir, por ahora el café cargado y con toneladas industriales de azúcar le proporcionaba la energía suficiente como para mantenerse en pie hasta que su turno acabara. Lo único que pedía era que la noche fuera movida y le mantuviera en completo dominio de todos sus sentidos, no había nada más aburrido que estar obligado a pasar tanto tiempo en el hospital sin hacer nada. Y como si el destino se encargara de hacerle una broma, en las dos horas que llevaba de guardia el único paciente que tuvo oportunidad de atender fue un adolescente con un M&M atascado en uno de sus orificios nasales. Le tomó cinco minutos encargarse del asunto y luego de terminado, sus servicios laborales se vieron completamente suspendidos. A falta de urgencias, pasó gran parte del tiempo jugando al poker con un par de anestesistas igualmente desocupados, y luego se dedicó a recorrer la planta de pediatría en busca de niños que les entusiasmara la idea de ver un truco de magia. Al final de cuentas ellos siempre eran los mejores espectadores de sus tonterías.

A las nueve de la noche, y como de costumbre, lo terminaron echando para permitirles descansar a los pacientes internados. Seguir rodando por los pasillos no era una opción aceptable, así que tomó cartas en el asunto y con paso ligero se encaminó nuevamente a su planta para hacer una supuesta visita de rutina, o eso fue lo que dijo a los demás para evitarse el que sus compañeros le cuestionaran y le acusaran de andar jugando en sus horas de trabajo, como ya le habían dicho un par de veces. ¿Cuál era su propósito real? Visitar a una de sus pacientes favoritas, pero sin tener de por medio ningún propósito médico. Aún conociendo la reticencia que Melody tenía por cualquier alimento o cosa comestible, llevaba en uno de los bolsillos de su uniforme verde una cajita de chocolates que había comprado momentos atrás, en la tienda de regalos del hospital. Dudaba que siquiera los probara, pero el intento de incentivarla era lo que valía la pena.

Momentos después de iniciado su recorrido, abrió la puerta de la habitación de Melody, asomando primero la cabeza, cerciorándose de no ser inoportuno. Sonrió en cuanto la chica en el interior de la estancia puso los ojos sobre él, y al ver de que no llegaba en un mal momento se permitió entrar. Echó una leve mirada a la habitación y a la joven, examinándola con sutileza. Aunque fuera exteriormente y sin ser un chequeo como se debía, lo que sus ojos veían le dejó más tranquilo. La delgadez de Melody aún era visible, pero para el tiempo que hacía que se encontraba internada, ya había una mejoría. Se acercó hasta ella, mientras sacaba de su bolsillo la caja de chocolates y se la enseñó. —No voy a aceptar excusas, a todo el mundo le gusta el chocolate— comentó con obviedad, en el tono de su voz no se notaba exigencia o presión alguna, al contrario. Le tendió la caja y en cuanto tuvo nuevamente la manos libres tomó un manómetro y se acomodó nuevamente a su lado. —¿Qué tal el día?, ¿te han molestado mucho?— inquirió, al tiempo que le subía la manga mas arriba del codo y le rodeaba el brazo con la banda del manómetro. La concentración le transformaba las facciones del rostro, incluso cuando estaba haciendo algo tan simple como tomar la presión. Se quitó el estetoscopio de alrededor del cuello y lo puso sobre su articulación, comenzando luego a apretar la perilla de goma unas cuantas veces. Todo estaba perfecto. Necesitaba controlarla para llevar a cabo los planes que tenía, no quería que el ejercicio y la falta de azúcar la descompensaran a medio camino.

Tras quitarle la banda, volvió a ponerse de pie de un brinco y dejó todo sobre una pequeña mesita. Ahora que ya había terminado su corta tarea podía volver a parlotear incansablemente como siempre lo hacía. —Espero que no tengas planes esta noche porque voy a sacarte a pasear— informó sin darle derecho a réplicas. —No iremos muy lejos, pero si te portas bien, te prometo que la próxima vez te llevo por un trago a un bar— bromeó y enseguida le alentó para que se pusiera en marcha. La noche seguramente no abandonaría esa tranquilidad en la que se había instalado desde temprano, y de ser así tenía su localizador para cualquier emergencia. La haría moverse un poco y luego la devolvería para que descansara.

Liam R. Doyle
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Re: A todo el mundo le gusta el chocolate | Melody

Mensaje por Melody S. Pond el Miér Ago 29, 2012 2:15 am

Melody adoraba leer. Desde bien pequeña, que había adquirido ese habito que todo niño tiene, de que antes de irse a dormir, necesitaba que le contaran un cuento. Al principio, sus padres se turnaban, una noche su madre le hablaba de valles encantados, de princesas y príncipes, mientras que otra su padre le contaba pedazos de noticias o historias que resaltaban el valor del esfuerzo. El caso es, que fuera el que fuera, Melody lo disfrutaba de igual modo. Con el paso de los años, y con aquellas peleas que empezaron a producirse entre sus padres, Melody se dio cuenta de que ya nadie iba a leerle cuentos, y empezó a hacerlo por ella misma. Y es que, si algún día entras en la habitación de Melody, además de las brillantes zapatillas de baile, llama tu atención la enorme estantería llena de libros viejos. Siempre con un espació vació, pues obligatoriamente, debe tener un libro sobre su mesita, para cuando el sueño decida hacerse presente. Era como, una manía.

Cuando ingresas en el hospital, solo te dejan llevarte contigo dos objetos del exterior. El padre de Melody, aunque esta dijo que no quería nada para su estancia, por que la verdad, en aquellos momentos seguía pensando que todo se trataba de una broma, escogió su aparato de música y un oso de peluche. Obvio por completo la necesidad de Melody de tener un libro, de leer antes de irse a dormir, así que tenía que ingeniárselas para encontrar libros decentes que leer en aquel lugar. En su planta, había una pequeña biblioteca, cuatro libros mal puestos y uno ya se atrevía a llamarlo biblioteca, pero allí solo se encontraban libros de imágenes, o cuentos que no saciaban la sed de lectura que Melody tenía. No fue hasta que descubrió la planta de cardiología, que no se sintió feliz de nuevo. En aquella planta residía una mujer, una que nadie sabía por que estaba allí, pues siempre la veías fresca como una rosa y sin ningún tipo de impedimento para pasearse de un lado para otro. Aquella mujer, escondía en su armario, de todo. Libros, juegos, comida... Cualquier cosa que te pudiera venir a la cabeza allí estaba. Era un mini centro comercial.

A cambio de una manzana, Melody había conseguido un ejemplar de “El viejo y el mar” de Ernes Hemingway, el cual cerró de golpe al escuchar que la puerta se abría. Iba a ocultarlo, pero al darse cuenta de quien entraba por la puerta, se limitó a posarlo sobre su regazó y sonreír. Le gustaba el doctor Doyle, era un niño atrapado en el cuerpo de un adulto, era divertido y agradable para el trato, no era el típico medico que solo se acerca a ti para hablar sobre lo enfermo que estas, además, sabía hacer unos trucos de magia impresionantes. Le gustaba, si, le gustaba y mucho. Se adentró en la habitación y habló con aquel tono de voz melodioso que solía llevar por bandera, para tenderle luego una caja con dulces. Melody resopló – El chocolate engorda... Y mucho! – Dijo. Pero con un suave movimiento acabó por tomar la caja – Pero me comeré uno, bajo la condición de que nunca lo contaras y que no volverás a ofrecerme algo así... – Añadió poco después. El chocolate era uno de los alimentos que seguía tolerando, pues no hacían ningún olor en especifico, a simple vista no era comida, no le producía el rechazo que por ejemplo el olor del estofado creaba. Le preguntó entonces por su día, y Melody no pudo evitar sonreír, feliz de que alguien se interesara por lo que había echo – Pues mejor, la verdad es que poco a poco me dejan pasearme más... Estaba cansada de estar todos los días encerrada en este lugar, así que hoy he ido a cardiología y a oncología... Ver gente diferente me hace el día mas llevadero...

Le hizo varias pruebas las típicas que los doctores hacían para ver como estaban antes de empezar una sesión, para luego decirle que iban a dar una vuelta. Melody se sintió feliz, feliz en un extraño modo, pues ella nunca se ponía tan feliz por pasar rato con un médico, pero oculto todo esto en las típicas bromas que solía sacar. Las usaba para poder distraer a la gente, para que no se dieran cuenta de como se sentía – Oh, vaya, tendré que llamar a mi unicornio para que cancele el baile de disfraces – Dijo – Pero bueno, prefiero salir a pasear, seguro que el baile no vale la pena – Añadió poco después. Dio un salto de la cama, y se puso sus zapatillas y luego un batín para no tener frió, y es que Melody era de esas personas que aunque fuera pleno verano, siempre llevaba consigo una chaqueta. Cuando escucho hablar de bares, pensó inevitablemente en el exterior y le dio un vuelco el corazón. Se colocó la zapatilla y observo a Liam – ¿Sabes que haré cuando me den un día de permiso? – Dijo – Cogeré mis zapatillas de ballet y me iré a bailar... Antes odiaba ese tutú, creía que era ridículo, pero ahora lo echo mucho de menos...

Melody S. Pond
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